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  LUQUE ERNESTO
  CUENTOS CORTOS
 


(Este cuento en formato de "carta" salio seleccionado por la editorial Andronico de Capital Federal en el certamen Internacional "Con Mis Letras")

Y que pronto saldra Editado en una Antologia Coop.

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Pcia. Roque Sáenz Peña 20 de Mayo del 1998.-

 

CARTAS QUE NUNCA SERAN ENVIADAS

 

 

Querida abuela:

                           Te cuento que estoy tratando de inventar un avión que me lleve muy lejos y que sea muy veloz y con mis diez años apenas construí uno que solo carretea y se le cae un ala, pero no te preocupes ahora estoy en la ardua tarea de construir un súper auto y estoy seguro que en menos de una hora estaré allí contigo.

 Si me quieres tanto como siempre lo decías, ven a Sáenz Peña.     

    Seguramente  todavía no te hartaste de Bs. As. No se si no quieres venir por mi, por esas travesuras que tiñeron mas rápido tus largos cabellos de blanco, tu carácter fuerte como las madres leonas que toman a sus cachorros con sus enormes dientes y sin dañarlo en lo mínimo, espero no haya cambiado en estos agitados días en la gran ciudad o por causa de los ingratos y violentos que sobran por aquí.

  Te extraño abuela, ya se que tus hijos son imprudentes y que no respetan tu sabiduría, tu paciencia, tu generosidad. A veces quiero que vivas para siempre y yo muera primero así los demás niños puedan disfrutarte, y tus hijos te valoren.

  Mi querida abuela extraño tus cuentos, acompañados del aroma del café con torrijitas dulce que preparabas en las tardes, ¿te acuerdas? eran mi mejor momento.

  Te mando un beso para que se depositen pronto en tus suaves y arrugadas mejillas, y le pondré con doble tinta en el papel para que nunca puedan borrarse. En tinta amarilla te describiré las margaritas florecidas que tú plantaste, en rojo profundo el gran corazón que me pintaste, en blanco pasión lo hermoso de tus palabras que me susurraste y aún las que no me enseñaste. 

  Esta noche abuela sueña conmigo que yo lo mismo haré y juntos rondaremos radiantes por esa gran escalera de la felicidad…   

  La inesperada muerte primero te encontró y hoy después de quince largos años retomo  esta carta inconclusa que nunca recibirás.

  Aún recuerdote verte en el viejo banco de maderas despintadas e hierro forjado de la estación, con tu saco negro de grandes botones, sosteniendo tu impecable cartera negra entre tu brazo, a un costado la valija de cuero marrón desgastada por el implacable tiempo donde los gruesos broches apretaban sueños de un mayo olvidado en el eterno anden.

  Abuela, que viajaras por siempre llenando el aire de fresco perfume de hierbas, y una y otra vez ocuparas el mismo banco que cada veinte de mayo visitaré.

   El viento sopla hoy, formando pequeños remolinos bajo el alero, esparciendo semillas secas de añosos lapachos. Estos son los testigos de la vieja estación ellos no hablan, solo siguen viviendo patéticas rutinas, como solitarios fantasmas.

   Los turistas se mofan al verme hablar con la ventisca en el museo que es hoy de aquella ruidosa estación, pero te sigo viendo en ese banco sentada cuatro horas antes de que llegara el tren que te llevará por siempre, el correteo de los niños las charlas de mujeres nerviosas por las despedidas, los hombres de trajes impecables fumando enormes cigarros, los braceros deseosos de volver de las cosechas a sus hogares y de pronto todo se silencia porque el gran monstruo se aproxima bufando el denso humo deformado por el seco viento norte.

   Un húmedo beso en la frente antes de partir me dejaste, mis lagrimas diciendo no me dejes abuela, quiero montar contigo el caballo de hierro incoherente en la estela gris del infinito, oír tu vos en las mañanas  acostumbrarme a ella por las tardes y en la noche ignorarlas.

  Es raro, me parece ver llegar el tren y en una de las ventanillas ver tus manos enguantadas saludarme efusivamente, tu cabello canoso recogido y una enorme sonrisa brillante por las lágrimas que brotan, al verme saltar de alegría. En tu vieja valija traerás caramelos de anís mezclado con tus perfumes de hierba fresca.

  Siempre te espero abuela hasta luego.

 

 

Tu nieto

Toñin

 

 

 

Ampliar imagen__Para mi querida abuela que siempre la veo en el anden.___________
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La muerte del músico

 

 

 

 

  Recuerdas mi niña cuando entre mis brazos,

mirabas la luna sobre el barandal,

Paso de la patria, vestía coqueta su traje de novia de luces y azahar,

las aguas mostraban efluvios de plata

 Aún recuerdo esa canción, la eufonía de los sonidos se mezclan. A la vez escucho el tlac, tlac de los pescadores en sus canoas franquear el poderoso río. Estoy muy cansado, me siento en un banco de la costanera, los pájaros comen pequeños insectos en mí.

 Trato de dormir cierro los ojos y el río me traspasa distintamente. Los vuelvo a abrir lánguidamente.

 Una diligente hormiguita forcejea con una miguita de pan, alzo la vista y veo la arboleda hamacarse suavemente sobre mí por la fugitiva brisa del viento.                   Todo este paisaje mío tan lleno de vida. Y de pronto me veo de niño jugando en la vereda con mis amigos, apoyado con una mano en la áspera piel del viejo paraíso, testigo fiel de mis travesuras.

 Los gurises acomodan las bolitas de vidrio mil veces cachuceadas para armar el gallito, como un ajedrez contemporáneo tratando cada uno de eliminar al rey para quedarse con todo un reino. Aprovechando la sombra del paraíso y observando la escena como el Cid observaba a los moros vencidos en batalla, sostenía un acerito en mi otra mano y en mi cara una sonrisa detonando una victoria segura.

 Me sentía con esa bolita de acero como David con su honda después de matar al gigante, o el guerrero griego Aquiles, blandiendo seguro la espada frente a sus enemigos imponiendo temor.

 Con los sopores de la siesta salíamos a buscar miel de unos abejorritos que la fabrican debajo de la tierra, con el orificio hacia la superficie. Sacando cuidadosamente la tierra de los costados, allí aparecía la preciosa vasijita de limo de estas tierras que nos daba su dulce miel.

 Y llegada la noche me acostaba con los talones sucios de tanto andar hondeando. Siempre había un amiguito que sabía armar las hondas mejor que todos, ya tenia perfectamente cortadas y alisadas las horquetas de los guayaibies.

 Con los  vueltos que iba guardando de los mandados, que mi madre, guiñándome un ojo cómplice me dejaba quedarme, comprábamos en el almacén de don Celso unas gomas largas de formas rectas en sus cuatro lados. Luego de cortarlas y también las lengüetas de los viejos zapatos, que siempre encontrábamos tirados por ahí (que en los barrios pobres siempre sobran en la basura). Uníamos con tiras elásticas hechas con cámaras de bicicletas cortadas prolijamente con tijeras.

 Recostados entre nuestras calchas viejas, observaba la luna escabullirse hacia el interior del rancho por los antiguos agujeros de las duras chapas, y escuchábamos en el silencio de la noche el aullar de los monos carayá desde la espesura del monte correntino.

 Al despertar de mis recuerdos de niño, pienso en mis hijos. Como estarán hoy, apenas los veo crecer, como un destello, una vez por año vienen. A veces quiero ir yo, pero no quiero asustarlos, los extraños.

 Y ella mi mujer, mi esposa, mi amor; que cambiada que está; Cada vez le cuento más canas.

 Esta melancolía me daña, cuanto tiempo más debo observar el horizonte, para terminar de recorrer mi río frío y profundo, estoy muy cansado.

 Chiflo desde este solitario banco un sentido chamamé, que suena como el viento húmedo del vaporoso caudal que no deja de viajar y que luego se va con él.

 Sentado en el ómnibus, cual antiguo carruaje, medio de transporte de juglares y artista que recorren románticamente los pueblos llenando de música y mensajes en vivo, recogíamos vivencias y realidades que permanecen escondidas en el olvido, de cada caserío, de cada familia y de una persona en particular.

 Mis compañeros y músicos dormían, otros charlaban distendidos ya en el largo regreso con los recuerdos transformados en sonidos en sus acostumbrados tímpanos, quizás saboreando unos amargos, o despuntando el vicio como se dice con un truquito pícaro para acortar el viaje y olvidar el cansancio.

 En mi mente daba vueltas los dichos de una mujer que a su modo simple de expresarse, me daba a entender el dolor del desarraigo. No hacía falta que me explicara sus sentimientos con palabras; su cara me decía todo. Pero al finalizar su alocución dijo:

-- y bueno; que vamos a hacer.--Con cierta resignación e impotencia rezaba la autentica frase de los pobres.

 En el horizonte, la verde selva correntina se conjugaba con el casi marrón del río, que cargaba los tiernos retoños de los algarrobos, que el río sin querer, arrancaba a su paso por las frondosas costas del litoral. Este manjar de la inspiración literaria robotizó mi mano buscando papel y lápiz, y la música se iba dibujando en mil palabras inspirada en el dolor de una mujer y el paisaje exuberante de la rivera.

 La nueva canción tomaba su forma sin pensar en lo inesperado del momento, confinado en un mundo de musas y duendes típicos del litoral.

 Pululando a mi alrededor y proponiendo melodías, al parecer exactas, la diosa Euterpe insistía en mi humana mente, y frente a mí, concentrada y como pasándome letra, Polimnia, con infinita paciencia, esperaba ver fluir mi letra de un lápiz que comenzaba a deslizarse.

 Entre gritos de sorpresas y espanto, la melancolía deformaba su cara.  Desaparecieron musas y duendes espantados, esa melancolía se convertía en la seria realidad del golpe tremendo sobre el casi marrón del agua, que sin permiso, acortaba mi vida, ingresando violentamente por mis pulmones hinchándolos, queriéndo estallarlos, produciendo este dolor enorme que me domina el cerebro. El vehículo con los músicos se hundía trágicamente en la dulce agua que tanto amábamos. De nada sirvió mi desesperación, mi angustia, al verme en esos pequeños segundos, La Parca,  paciente, ahorrando esfuerzos, tranquila se nos acercaba, y al perder el sentido más me mimetizaba con el río.

 Mis amigos y camaradas juntos conmigo se van, no me ven, no me asienten, no me pueden saludar, no entiendo lo que me pasa, hacia donde se van.

 Flotamos en el agua de mi río por poco marrón, esas aguas de las que tanto he hablado, a las que les he cantado en cada lugar donde he ido y he estado.

 El desaliento me apesadumbra en las noches cerradas sin astro donde los pescadores, aprovechando la invisibilidad del espacio dejado por la luna, pasan silenciosos con un ritmo armonioso sin repararme, y yo, tomando esa actitud de espera observando el horizonte y percibiendo como lentamente la noche derrama su tinta azabache a placer por las inmensas aguas.

 Desde el punto de vista del la llaneza del agua, el amanecer es maravilloso, es paradójicamente la vida, el reverdecer de la esperanza, ver el sol mostrarse con sus dedos tímidos por lapsos, y luego el gran gigante levantarse perezoso llenando con sus rayos mi lejanía, y va dibujando desde el distante horizonte el brillante lomo del pez dorado.

 Ahora embarco esta canoa en el río de la soledad, queriendo terminar mi última canción. La que hasta ahora no puedo terminar.

 

 

 

  Ernesto Luque


<Este cuento esta dedicado a los musicos que perdieron la vida en el bravo rio Paranà, especialmente a zito Segovia. No han muerto estan de gira¡¡¡
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Mis Dos Gigantes

 

Para los limpios y puros de corazón, para los buenos y los honestos, para los que aman la libertad de pensamiento, para el sufrido y luchador, para aquellos que nunca se dan por vencidos aun estando vencidos. Para todos ellos y para ejemplo de vida también, para ellos, los suicidas y faltos de fe, los desesperanzados, los que odian, para los que violan y matan, para el hereje y el torturador, también para el que oprime y somete al débil, es esta la historia de mis dos terribles gigantes.

 

Mi hermana un año y algunos meses mayor que yo, lloraba desesperadamente en los brazos de  él el Gigante, mientras yo miraba sin entender todavía en brazos de ella la Gigante. Mis recuerdos a pesar de tener casi los cuatro años están clarísimos en mi mente después de cuarenta años.

  El viento empujado por el violento tornado elevaban las cosas por el aire lleno de polvo con olor a tragedia, el rancho se movía y parecía que se caía en cualquier momento, ella me tomo con sus manos gigantes y en medio de la fatídica tarde sentí con la suavidad con que me cargo y con el don de la intuición que dios proveyó a las mujeres, protegió a su cachorro y le grito al Gigante – ¡salgamos ahora que se cae el rancho!

  Corrieron hacia afuera y en contados segundos el rancho se desplomo, produciendo un sonido atroz, era el sonido de la desolación y la desesperanza de la desgracia que le toca vivir a los pobres.

  Es increíble que a pesar de mi edad lo recuerde dicen que la mente humana recuerda los momentos picos en la vida como desgracias o las cosas muy buenas que nos agradan, y que lo demás queda en el tren de el olvido. Esa tarde claramente veía volar los pocos cubiertos que teníamos, esos que tenían poco uso y que nunca más lo veríamos.

  Al día siguiente después de pernoctar en el rancho de unos amables viejitos descendientes de los mas puros guaraníes subimos a su canoa que apenas remendada después de el violento tornado se puso en marcha dejando la agitada isla.

  Ese viaje me pareció el más largo de mi vida, en ese fugaz éxodo descubrí lo sensible de mis gigantes su ternura al protegernos las ganas de seguir luchando de ser nómadas a la fuerza de dejarlo todos e intentarlo en otro lugar nuevamente. La marcha era lenta y en absoluto silencio en las aguas turbias flotaban todavía parte de ese rancho que casi nos aplasta, ella nos cargaba a los dos y el remaba pausadamente y hoy creo saber en que iba pensando, mientras la canoa avanzaba dejando una estela de miseria y desaliento para una familia que quería serlo pero el viento fuerte y en contra no les dejaba.     

Ernesto Luque

Estos recuerdos estan dedicados a mis padres Ana y Clemente que son dos Gigantes.-
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